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El premio Nobel de Literatura, Harold Pinter, denunció hace meses la “creciente cultura de la supresión de la verdad”. Supongo que querrá decir que vivimos en la cultura de la mentira.
Es curioso que en el momento de la historia de la humanidad que se goza de mayor número de medios de comunicación de todo tipo imaginable, caigamos en la cultura de la supresión de la verdad y en la censura. Parece mentira que se produzca ese fenómeno cuando hay decenas de cadenas de TV, otras tantas emisoras de radio e infinidad de publicaciones escritas. Pues sí, es cierto que cada vez es más difícil saber la verdad. Entre otras cosas porque los intermediarios, es decir, los periodistas, cada vez nos dejamos engañar más. Somos el correveidile de políticos, empresarios y deportistas en lo que se considera prensa seria y los esclavos en la de color rosa de putit@s (como dijo Séneca: lo que antes eran vicios ahora son costumbres) y seudoprincesit@s. En realidad, sólo contamos lo que ell@s y sus jefes de prensa quieren. Sólo hay algunas excepciones, la como La Pantoja y similares, con los que se ensañan, y con los que quieren hacernos creer que existe periodismo de investigación.
Estos días un actor norteamericano clamaba por el cuarto poder y criticaba la irresponsabilidad de los medios de comunicación de su país.
Es fuerte ver cómo nos lo tragamos todo. En Estados Unidos se descubrió que varios periódicos dieron noticias inventadas por el redactor, que no se había movido de su casa. No digamos nada lo que sucede con las informaciones científicas. El papel lo aguanta todo y, además, juegan con nuestra ignorancia y nos venden unas motos como la clonación de un embrión humano por un médico coreano que se tragó medio mundo y que sólo era una mentira muy bien urdida.
La única forma de llegar a la verdad es leer, ver y escuchar con espíritu crítico. Antes de dar por buena una información o un artículo (incluido éste) habrá que pasarla por el filtro de nuestro sentido común y si no nos convence vale más dejarlo en cuarentena. Menos mal que al final, la trampa rescampla. |