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En un occidente cada vez más mestizo estamos asistiendo, a veces con preocupación, otras con indiferencia, a la presencia en las calles de cierta indumentaria que simboliza una religión o cultura discriminatoria para la mujer: el hiyab o velo islámico.
Antes de que aparecieran las religiones actualmente mayoritarias, las creencias estaban basadas en el culto a la naturaleza y a la fertilidad, y la mujer jugaba en ellas un papel importante. Más tarde, en las principales confesiones monoteístas, Dios fue masculino, y en los libros sagrados se expuso la voluntad de dominar a la mujer, que se tradujo en un sistema de códigos morales, religiosos y legales en los que se mantuvo —y se mantiene— la supremacía del macho sobre la hembra.
Sin embargo, aunque el Corán recomienda el máximo pudor en la mujer, el uso del velo se justifica por dos únicos pasajes:
—“Di a las creyentes que bajen los ojos y repriman su sexualidad, que no muestren sus encantos, que solo dejarán ver a sus maridos, hijos, padre, suegro, cuñados y sobrinos de hermanas y hermanos”. (XXIV, 31).
—“Profeta, di a tus esposas, a tus hijas y a las creyentes que se cubran con mantos, única manera de escapar a toda ofensa”. (XXXIII, 59).
De ahí se deduce que la mujer —cuya belleza es obra de Dios, según el Islam— debería cubrirse por dos motivos: para no provocar al hombre y para no ser ofendida por él.
Recordemos que en los albores del Corán, que proclama la igualdad religiosa de ambos sexos, ellas participaron de la vida política y universitaria, y que en los años sesenta la mayoría de turcas, sirias, egipcias y libanesas no usaba velo. El actual retroceso se explica por una desviación del Corán y de la sunna, alimentada por la misoginia y por el temor a contaminarse de la inmoralidad occidental, pues no debemos olvidar que, en el Islam, religión y cultura forman un bloque indisoluble. El Profeta dijo: “El pudor y la fe van de la mano. No existe la una sin el otro”. El pensamiento oriental, incluso el no musulmán, no ve con buenos ojos el destape ni la liberalización sexual, símbolos estos de la mujer emancipada occidental, y rehúsa la imposición de este modelo.
Además, el islamismo, nacido del intento de reformismo a principios del siglo XX por parte de nacionalistas como Attaturk en Turquía o Nasser en Egipto, ha tapado de nuevo a las mujeres y las ha despojado de la libertad de pensamiento. El Islam político ha surgido así como respuesta a la grave crisis de desarrollo socio-económico que afecta a las sociedades árabes. Este fundamentalismo, que gobierna países como Irán o Afganistán, no se preocupa por la modernización y el progreso, sino que huye hacia Dios y busca consuelo en la absoluta sumisión a Él. No tiene nada más que ofrecer, pero percibe el laicismo como el arma ideológica más perniciosa de Occidente.
Forzar a las mujeres a que lleven el hiyab no preserva a la religión, sino que destruye la moral y las convierte en eternas menores de edad, pero arrancar el velo por la fuerza tampoco parece ser la solución, como no lo es nada de lo que sea impuesto. Lamentablemente, nuestra democracia, unida a posturas cobardes e hipócritas, está facilitando la inserción de esta prenda en Europa.
Gran parte de las mujeres occidentales consideramos el uso del velo como algo preocupante e incluso amenazador, aún más cuando sabemos de la existencia de unos mil millones de musulmanes en todo el mundo. En la España católica de antaño —en la que no se nos permitía pisar una iglesia a cabeza descubierta y hombros desnudos—, nos adoctrinaban con el pasaje del Génesis en que Dios expulsa a Eva del paraíso: “Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Con dolor parirás a tus hijos; tu deseo te arrastrará hacia tu marido, que te dominará”. Y soñábamos con ser Lilith, la misteriosa, la mujer libre y reivindicativa que, según la literatura hebrea, Dios sustituyó por una Eva dócil y sumisa.
Tampoco el mundo griego nos favoreció. Pandora fue la primera mujer, fabricada por orden de Zeus como parte del castigo infligido a Prometeo. Los dioses le otorgaron malévolas “virtudes” que guardaron en una tinaja. Cuando Pandora la abrió se derramaron sobre el mundo todas las desgracias humanas.
Afortunadamente, el feminismo denunció en su día los estereotipos sexistas y apostó por una mejoría efectiva de nuestra condición. Y Virginia Wolf escribió “Una habitación propia”. Y nacieron las sufragistas. Y Marguerite Yourcenar llegó a ser la primera mujer de la “Académie Française”, a pesar de la oposición (con criterios risibles) de Levi-Strauss y de Cohen.
Las mujeres occidentales de hoy hemos logrado ejercer una profesión elegida por nosotras, emparejarnos solo por amor, no depender de hombre alguno y tomar nuestras propias decisiones. Hace años que gobernamos nuestras vidas, y nos horroriza la posibilidad de perder una libertad que hemos alcanzado con dolor y esfuerzo.
Y parecía tan solo un inocente velo…
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