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El ascenso de una estrella en colapso

 

Per Esther de Varona,
periodista latinoamericana en Nueva York

   
 

"¿Dónde está Hillary?" es la pregunta que todos se hacen ahora que la Senadora de Nueva York se despidió  -por ahora- de su campaña presidencial.

Cinco años atrás, quizás más, conocí en la "pecera" de la prensa en el tercer piso de Naciones Unidas a dos periodistas catalanas, Alicia Oliver y María José Ruiz Fité.  Intercambié con ellas mi parecer que la Senadora, Hillary Rodham Clinton, de Nueva York, sería una insuperable candidata a la presidencia de EE.UU.  Mis homólogas me respondieron con asombro, tomando en cuenta que la mujer que había sido Primera Dama de EEUU, jamás se había pronunciado abiertamente como aspirante a Primera Mandataria del país.  Yo les comenté que su ascenso al cargo de Senadora Federal de Nueva York había precedido el ataque terrorista del 11-S, y que su labor en favor del "Empire State" como se conoce al estado de NY, no podía haber sido mejor.  Además, como abogada, como activista en favor de la reforma del sistema de salud de EEUU, como madre dedicada que es, Hillary me parecía idónea para ser la primera mujer que rompiera esa barrera, conocida aquí como "the glass ceiling", el techo de cristal, que si bien no aparenta existir en absoluto, también es una barrera cierta y firme en el ascenso de la mujer a los escaños más altos del poder.

Durante la Convención Demócrata en Boston del 2004 logré entrevistar a la Senadora quien muy cortésmente habló a esta periodista latina sobre política exterior. Era tempranísimo por la mañana.  Solo alguien muy dedicado a su gestión política está en pie para comenzar la gestión del día antes que los demás.  A mí al menos así me lo pareció ya que el Centro de Convención estaba casi vacío y la Senadora ya estaba saludando a demócratas por los pasillos de aquel recinto, dándole la mano a quienes se le acercaban a hablarle.  Para mí, la Senadora Clinton en ese momento me pareció no solo alguien muy disciplinado, sino también alguien a quien realmente le gusta su oficio, el trato a los demás, el poder escuchar y ver de qué manera puede servir mejor.  A esto hay que añadirle su talento, su inteligencia y sobre todo algo que no tiene precio: su experiencia.  La misma noche que logré entrevistar a la Senadora, la vi en uno de los palcos disfrutando y aplaudiendo a rabiar, el discurso de otro joven senador demócrata, Barak Obama. Intento todo lo que puedo, fijarme en la reacción de las luminarias más destacadas, ante otros potenciales rivales.  Aquella noche, Hillary me pareció realmente sincera en su calurosa ovación al Senador de Illinois.

Parte del ascenso de Hillary a su propia escena política en EE.UU., se debió en gran parte a la masacre que vivió EEUU -aquí se le llama tragedia- durante el 11-S.  Se anotó puntos políticos cuando el Presidente, George Bush, vino a la Gran Manzana, bastante quemada aquel 13 de septiembre. Hillary le comentó al Presidente que ella sabía lo que era la soledad de la Casa Blanca, basándose en su experiencia como anterior Primera Dama.  Se anotó puntos con el Presidente en el momento en que se iniciaba una lucha feroz entre los 50 estados del país, para ver dónde se asignaban fondos para la protección de los ciudadanos en la lucha antiterrorista, y en particular en NY, para la reconstrucción de no solo el Punto Cero sino de todo el área financiera afectada por el ataque por avión-misil. Hillary se desvivió no solo por la ciudad de Nueva York, sino por el estado que, siendo en su mayoría agrícola, vio su fuente principal de consumo de sus productos -Manhattan- seriamente golpeada.  Mientras se pasaba la semana en la Capital de Washington en su gestión en el Senado, regresaba a Nueva York los viernes para ir al hogar compartido con su esposo, el ex presidente Bill Clinton. Los fines de semana no se quedaba en el hogar familiar de Chappaqua, sino que viajaba continuamente por el norte del estado, contactando a aquellos que les dieron su voto y su confianza en el momento de la contienda electoral para el Senado. El desempleo en el estado de Nueva York era algo preocupante, y lo peor que puede hacer un político es no ir a escuchar al menos, dejarse ver, entre el electorado.  Hillary Clinton en aquel momento en que Bill Clinton dejaba la Casa Blanca era la única Primera Dama en la historia de EEUU, que de manera simultánea disfrutaba la designación de Senadora electa. Mientras la estrella de Bill se apagaba, la de ella, siempre en ascenso.

¿Qué pasó ante tanta promesa?  En un viaje de vuelta al aeropuerto de La Guardia de Nueva York en el 2001, con su séquito de asistentes en el aeropuerto, la Senadora pidió parar a tomarse un café que necesitaba tanto la cafeína como la pausa.  Esto, luego de una ardua semana laboral en Washington y con un fin de semana de trabajo viajando por el estado de Nueva York.  Se le acercó un joven y le pidió permiso a la escolta de seguridad, para acercarse a la Senadora.  Las palabras del neoyorquino, "...por favor, felicite a su esposo que si hubiera habido un tercer mandato, yo hubiera votado por él".  Respuesta de ella, "¡...muchas gracias, se lo diré!". 

De ahí, el recordatorio del techo de cristal, insuperable, al que se le añade en parte, la labor invisible -por ser mujer- de la Senadora más conocida de EE.UU.

Durante la campaña electoral de tanto el partido republicano, y del demócrata, sus dos estrellas neoyorquinas no pudieron valerse del amor con el que se volcó el país entero -el mundo entero- sobre Nueva York.  Rudy Giuliani quien fuera el alcalde de la ciudad durante y después del 11-S, tuvo que retirarse de la contienda de las primarias porque en los 7 años entre el ataque terrorista y la campaña, algo del cariño popular se había borrado y los votos no rendían.  

Así mismo le pasó a Hillary, quien se volcó en su gestión de Senadora para intentar aliviar el azote que supuso el ataque terrorista masivo de Nueva York.  Pero los motivos del retiro de esta mujer en la contienda electoral, son tan profundos como firme es, el techo de cristal.

Hillary como Primera Dama sufrió una de las humillaciones públicas más sonadas que haya habido en EE.UU.  Su marido le negó al mundo y a ella, su relación con la joven estudiante, Monica Lewinsky.  Las malas lenguas de la Casa Blanca incluso hablan de la bofetada que le propinó Hillary al Primer Mandatario estadounidense cuando éste le confesó la verdad.  Las imágenes de las vacaciones familiares de los Clinton en medio del escándalo Lewinsky, no se borran.  Su única hija, Chelsea, tomaba de las manos a sus progenitores y la jovencita en el medio de los dos, los llevaba al helicóptero que les transportaría a los tres a la playa de Massachusetts.  La mirada de Hillary, hacia abajo, abatida.

Fue en esta época que Hillary inició su apoyo a quien hoy es su homólogo neoyorquino en el Senado, Chuck Schumer.  La Primera Dama volaba desde Washington a Nueva York para ayudar al abogado judío, en la campaña electoral.  El público le rendía honores a cada paso.  El público le aclamaba, y el público le dio el voto a Schumer y muchos pensaron, le están dando también el voto a la Primera Dama.  Cuando quedó el puesto vacante para el Senador Junior, el de segundo rango en Nueva York, el político afro-americano también demócrata, Charles Rangel instó a la Primera Dama a que se lanzara a la campaña electoral.  Dicho, hecho, y ella vino a Nueva York, vio y triunfó. ¿Pero fue un voto a Hillary por su valor y talento, o un voto de piedad popular por la humillación que supuso para ella, las escapadas lewineskas de su marido?

Cuando años más tarde se suma a la contienda electoral aquel joven demócrata de Illinois, casi desconocido en el ámbito nacional, el Senador Barak Obama, a Hillary Rodham Clinton no le quedó más remedio que sumarse a la campaña solo un día después.  Por su inteligencia, su talento y su experiencia, todas las encuestas le daban a la Senadora Clinton, una fácil y segura victoria hacia la Casa Blanca. Enseguida, la gran preocupación nacional se convirtió, "¿...y cómo llamar a Bill Clinton cuándo gane Hillary?", como si Primer Marido fuera el título más importante en la contienda, en vez de primera mujer Presidenta de los estadounidenses.

En torno a los que endosaron a Hillary, me acuerdo una rueda de prensa meses atrás en la ONU en que la ex Secretaria de Estado de la Administración Clinton, Madeleine Albright, afirmó permanecía leal a su ex jefe al apoyar a Hillary. Uno que no tuvo ningún problema en cambiar de fidelidad, fue Bill Richardson quien si pudo servir a Bill Clinton como embajador ante Naciones Unidas pero al desistir en su propia campaña presidencial, optó por no apoyar a la Senadora Clinton.

No obstante los que abandonaron el transbordador, Hillary realizó una campaña magistral y de gran clase, incansable en su búsqueda de apoyo, me atrevo a decir con peso y sustancia.  Pero mientras ella más ascendía en la lucha feroz de votos y de apoyo que se esfumaban ante la figura del joven, apuesto senador afro-americano de Illinois, el techo de cristal descendía hacia Hillary.

Y para ayudar en esto, surge un cascanueces muy americano: con Hillary de muñequita que abre las piernas, para romper la nuez que le coloquen.  Me imagino el horror nacional si hacen un muñequito con la carita de Obama en alguna posición poco decente y denigrante a su hombría o raza.

El fin de la campaña de esta mujer refleja que en EE.UU. hay menos racismo que misoginia.  De hecho, hubo 18.000,000 de votos que le entregaron a Hillary un gran respaldo nacional pero no suficiente para superar los alcanzados por Barak Obama, quien si es inteligente, si es talentoso, y quien por ahora no tiene la experiencia que posee Hillary Clinton. Pero es hombre, y para ellos, se abren los cielos, no antes de derretirse el cristal.  Aquel encuentro del joven neoyorquino en el aeropuerto de La Guardia con la Senadora que si no hacía una pausa cafetelera se desplomaba del cansancio, lo resume bien: todo mérito para tu marido y que no se te olvide decírselo, mujer.

   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
 
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